Solo eran unas Papas Rellenas de carne, la verdad es que no iba a ser una comida que le diera mucho trabajo, tampoco sería un plato para presidir la mesa de una gran fiesta, pero sabía que era justo la comida que debía hacer porque ella sola podría convertir algo tan sencillo en toda una gran obra de arte. Para nada que se sentía animada, todo lo contrario, sus ojos ya no podían retener las lagrimas que ni pedían permiso para salir. Necesitaba desahogarse, dejarse caer para recuperar fuerzas. Solo había algo que le ayudaría a levantarse y era meterse en la estancia más sagrada, para ella, dentro de su casa; La cocina El lugar perfecto para llevar a cabo sus terapias espirituales. Enfrascada andaba en sus pensamientos cuando le vino el recuerdo de algunos pasajes de “Como agua para chocolate”, y por un momento se asustó. Siempre estuvo convencida de que en la cocina se transmite muchos sentimientos, y descubrir este libro solo vino a corroborar lo que pensaba al respecto, así que habría de tener cuidado con toda la sensibilidad que salía por sus manos, o podría terminar pasándole como a Tita, que al elaborar sus platos, ponía tanta pasión en ellos que los comensales al comerlos sentían en sus propias carnes como había estado ella mientras los hacía. Había que apartar los “malos momentos” e invitar a entrar a una de las hadas de la cocina “La satisfacción”, era la compañía ideal para coger la pausa que necesitaba y así haría de unas simples papas una comida digna de estar en la mejor mesa.
Esas Papas Rellenas se iban a convertir en el plato perfecto para una hermosa velada, nada de desanimo, ni tristeza, sino todo lo contrario, amor, ganas, ilusión...pero con mesura. Lo primero que hizo fue ir a la tienda del barrio, lugar perfecto para las frutas y verduras, solo ahí encontraría las papas del país, los calabacinos perfectos ( verdosos, no demasiado grandes) y cebollas blancas de Lanzarote, luego fue a por la carne (mitad ternera, mitad cerdo), esto si que había que comprarlo en una buena carnicería, o como mucho, envasada al vacío en el supermercado. De ahí salió esta simple receta, que para el paladar de los que la disfrutaron fue un buen momento de placer.
Esas Papas Rellenas se iban a convertir en el plato perfecto para una hermosa velada, nada de desanimo, ni tristeza, sino todo lo contrario, amor, ganas, ilusión...pero con mesura. Lo primero que hizo fue ir a la tienda del barrio, lugar perfecto para las frutas y verduras, solo ahí encontraría las papas del país, los calabacinos perfectos ( verdosos, no demasiado grandes) y cebollas blancas de Lanzarote, luego fue a por la carne (mitad ternera, mitad cerdo), esto si que había que comprarlo en una buena carnicería, o como mucho, envasada al vacío en el supermercado. De ahí salió esta simple receta, que para el paladar de los que la disfrutaron fue un buen momento de placer.
INGREDIENTES: 4 papas redondeadas y lisas, 2 cebollas blancas, un poquito de orégano, otro tanto de perejil, y 2 calabacinos medianos.
MODO DE HACERLO: Lavamos muy bien las papas, sin haberlas pelado, porque las cocinaremos así, en un caldero con agua y sal. Pinchamos, una vez hechas las escurrimos y dejamos enfriar un poco. Reservamos. Por otro lado picamos la cebolla en trocitos pequeños, la hacemos en una sartén con un poco de aceite, cuando esté un algo transparente, añadimos la carne, cocinandola hasta que esté hecha. Ponemos un poquito de orégano y perejil. Apartamos y reservamos. Le quitamos la cascara a las papas, y las partimos a la mitad. Las vaciamos , ahuecandolas, pero teniendo cuidado de que no se nos rompa. Una vez las hayamos vaciado todas, mezclamos lo que quitamos de la papa con la cebolla y la carne. Yo le añadí un poco de caldo de verduras (suelo tener siempre en el congelador), dándole un poco más de fuego, eso hizo que la masa no se me quedara muy seca. Por otro lado, cogí una fuente de horno, la unté con un poquito de aceite de oliva, coloqué los calabacinos en rodajas y los hice un en el horno, sin dejar que se me hicieran demasiado. Cuando ya estaban, saqué la bandeja, coloqué las papas vacías, las rellené con la masa que tenía hecha, y espolvoreé con queso rallado. Lo puse todo en el horno y le di solo unos minutos de calor, lo justo para que todos los sabores se mezclaran y por últimos las gratiné. Sencillamente exquisito.
Nota personal: Muchas veces podemos ver que lo más hermoso se encuentra en lo más sencillo.
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